
Más franco, y más alarmante, es cómo muchos pensadores en China describen ahora su relación con Estados Unidos. En lugar de estabilidad estratégica, la llaman “estancamiento estratégico”, un término cargado de significado en China, que evoca no la diplomacia sino una lucha por imponerse. Entre quienes lo hicieron recientemente se encuentran asesores del gabinete chino, investigadores del Ministerio de Seguridad del Estado y académicos de universidades de primer nivel. Conocidas por muchos en China, las palabras provienen de los discursos de Mao Zedong “Sobre la guerra prolongada”, pronunciados en 1938 en la remota base comunista de Yan’an.
Sin otorgar una importancia excesiva a las reflexiones de Mao de hace nueve décadas, el marco de la guerra prolongada ofrece valiosas claves sobre cómo China ve su disputa con Estados Unidos y da indicios sobre cómo podrían desarrollarse las cosas. De cara a la cumbre de Xi Jinping con Donald Trump en Washington el 24 de septiembre, resulta de interés lo que el antiguo dictador decía en sus días de guerrilla.
Mao sostenía que, en la primera fase de una guerra prolongada contra un adversario tecnológicamente superior, los revolucionarios combativos debían replegarse y atrincherarse en defensa. La siguiente fase es el estancamiento estratégico: el adversario, sobreextendido, ya no puede avanzar y las fuerzas revolucionarias se organizan mejor. Luego llega la fase final, la contraofensiva, cuando los revolucionarios que alguna vez fueron más débiles derrotan al enemigo que alguna vez fue más fuerte.
Por eso, declarar que China y Estados Unidos han alcanzado un estancamiento estratégico está cargado de significado. Nadie duda de cuál de las dos potencias debe ser vista como la establecida y agotada y cuál como la revolucionaria y enérgica. La guerra comercial comenzó en 2018, cuando Trump impuso una primera tanda de aranceles a China. Durante el resto de su primer mandato, China estuvo a la defensiva. No permaneció completamente quieta y respondió a Estados Unidos con sus propios aranceles. Pero aceptó un acuerdo desigual que, de haberse implementado plenamente, habría llevado a China a comprar muchos más productos estadounidenses y a abrirse más a los inversores estadounidenses. En términos maoístas, el acuerdo mostró “el coraje de retirarse”, algo que a menudo resulta necesario en la primera fase de una guerra prolongada.
El objetivo de la retirada no es rendirse, sino conservar recursos para contraatacar. Eso es precisamente lo que China hizo durante toda la presidencia de Joe Biden. Muy consciente de los ámbitos en los que Estados Unidos tenía una enorme capacidad de presión —en particular, en los semiconductores avanzados—, los funcionarios chinos redoblaron sus esfuerzos para desarrollar alternativas nacionales, sin importar cuán costosas fueran. También perfeccionaron su contraataque, creando un sistema más sólido de controles a las exportaciones y reforzando su control sobre las empresas chinas que extraen y procesan minerales críticos. Cuando Trump regresó a la Casa Blanca y aumentó los aranceles, sus funcionarios quedaron sorprendidos por la ferocidad de la respuesta china. Al bloquear las exportaciones de minerales, especialmente las tierras raras, China amenazó con paralizar grandes sectores de la industria estadounidense.
Se ha vuelto habitual decir que las superpotencias han alcanzado una paridad aproximada en su capacidad para perjudicarse mutuamente. Estados Unidos tiene chips informáticos; China tiene tierras raras. Los analistas lo llaman “disrupción mutuamente asegurada” o “equilibrio de vulnerabilidad”, como si, en términos económicos, los dos países fueran básicamente iguales. La idea del “estancamiento estratégico” apunta a algo más profundo sobre esta paridad: para China, haber llegado hasta este punto ya constituye un avance.
Una pregunta evidente es si Xi tiene en mente la tercera etapa de la “guerra prolongada”: una contraofensiva a gran escala. El año pasado, cuando las hostilidades comerciales con Estados Unidos estaban en su punto más intenso, los medios estatales instaron al público a volver a leer los discursos de Mao para reforzar la confianza en la capacidad de resistencia de China. Sin embargo, los paralelismos con el análisis del gran timonel llegan hasta cierto punto. La mayoría de los pensadores chinos cree que es imposible conseguir una victoria económica decisiva y duradera sobre Estados Unidos. Mantener un estancamiento estratégico parece un objetivo más realista. Huang Renwei, de la Universidad Fudan de Shanghái, ha dicho, con esperanza, que podría durar 30 años.
No tan bueno como un jaque mate
El problema con un estancamiento es que puede resultar efímero. Ambos países quieren salir de él y buscan nuevas formas de obtener una ventaja, al tiempo que están atentos a los riesgos que podrían dejarlos inmovilizados. El temor a quedar permanentemente relegada a una posición inferior en inteligencia artificial es una de las razones por las que China se muestra reticente a adoptar los regímenes de seguridad de la IA propuestos por Estados Unidos. Hasta que los modelos de IA chinos sean tan potentes como los estadounidenses —es decir, hasta que hayan alcanzado un estancamiento en IA—, China parece no estar dispuesta a desacelerar sus laboratorios de IA.
La fragilidad del estancamiento también explica por qué China ha continuado restringiendo las exportaciones de tierras raras a Estados Unidos y sus aliados, especialmente Japón. Si las dos superpotencias realmente disfrutaran de una relación constructiva, como afirman, China podría haber creado un sistema de licencias transparente y eficiente para las empresas de todo el mundo que buscan tierras raras. En cambio, su relación está marcada por la desconfianza, y China sabe que reducir el suministro de tierras raras es la forma más rápida que tiene de disciplinar a Trump si vuelve a adoptar una postura más agresiva.
Más sombríamente para China, otro aspecto de la fase de estancamiento de Mao también se aplica en la actualidad. Advirtió que sería “un período muy doloroso para China”, durante el cual “crecerá el pesimismo”. Los ecos con la situación económica actual son claros. Un enfoque incesante en la autosuficiencia tecnológica ha ayudado a aislar a China de la presión estadounidense. Pero los chinos han pagado el precio, ya que el crecimiento de sus ingresos se desacelera mientras el Estado canaliza dinero hacia la capacidad industrial en lugar del bienestar social. Se parece a la economía de un país en guerra, y además en una guerra prolongada.
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