Mié. Nov 4th, 2026

LA PURGA NO ES FICCIÓN | EDITORIAL FRANCISCO «CHUECO» PAZ en #ENSONDEPAZ


El violento episodio ocurrido en los bosques de Palermo encendió las alarmas sobre el avance de agresiones organizadas y la falta de condenas explícitas desde el poder político.
El ataque en manada contra personas por su identidad visibiliza un fenómeno en crecimiento: grupos que se organizan no solo para agredir, sino para marcar a determinados sectores de la sociedad como "ciudadanos de segunda". Este tipo de acciones no nacen de forma espontánea; suelen comenzar con señalamientos verbales, caricaturizaciones y exclusiones sistemáticas que, si no encuentran un límite social e institucional firme, derivan en violencia física directa. La respuesta institucional: contrastes y silencios
Frente al suceso, el jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Jorge Macri, remarcó que los hechos no permanecerán impunes y calificó la agresión de "intolerable". Sin embargo, el contraste se percibe en la esfera del gobierno nacional: hasta el momento no se ha visto un repudio explícito frente a estas conductas de odio, en un contexto donde declaraciones públicas de altas esferas han puesto en duda o minimizado identidades diversas.
La normalización de la violencia discursiva, ya sea contra minorías, colectivos vulnerables o la prensa, genera un caldo de cultivo peligroso. Cuando el debate público se reduce a categorizar entre "gente de bien" y enemigos a desterrar, la línea que separa la confrontación retórica del ataque físico se desvanece con rapidez. Las demandas de una sociedad que no busca extremos
Lejos de la polarización que alimentan los núcleos duros y las estrategias de marketing político, la demanda social predominante se centra en resolver problemas tangibles: seguridad, previsibilidad económica y la garantía de derechos básicos para salir de la pobreza o la indigencia. La gran mayoría de los ciudadanos no busca batallas ideológicas permanentes ni celebraciones de la agresión; busca convivencia y respuestas concretas de gestión.
La legitimidad de cualquier dirigencia no se mide por su capacidad de encontrar culpables en terceros o en los medios de comunicación, sino por su responsabilidad activa para garantizar la paz social. Cuando la realidad empieza a superar a la ficción, la indiferencia deja de ser una postura neutral y se convierte en complicidad.

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