Hay un detalle de fondo en ’28 años después: El templo de los huesos’ que resulta absolutamente terrorífico en cuanto lo ves

La directora Nia DaCosta priorizó una identidad visual propia frente al legado de Danny Boyle en la última entrega de la franquicia de terror postapocalíptico.
El desempeño comercial de la película en las salas internacionales no alcanzó las metas proyectadas inicialmente por los estudios de producción. Pese a estas cifras de taquilla, la crítica especializada comenzó a valorar la propuesta por su capacidad de alejarse de los cánones estéticos establecidos previamente en la serie cinematográfica.
La decisión de DaCosta consistió en abandonar la técnica frenética que caracterizó a las obras originales de hace más de dos décadas. Este cambio representó un desafío para los seguidores que esperaban una continuidad directa con el trabajo de los realizadores anteriores, pero permitió una exploración diferente del universo narrativo.
La coherencia artística del proyecto se impuso sobre la necesidad de replicar fórmulas que garantizaran el éxito financiero inmediato. El filme propone una atmósfera distinta que busca profundizar en elementos dramáticos sin depender exclusivamente del impacto visual heredado de las producciones previas de la saga.
Diversos analistas de la industria coinciden en que este tipo de apuestas autorales suelen obtener un reconocimiento más estable fuera del circuito comercial masivo. La autenticidad de la dirección permitió que el largometraje adquiriera una personalidad definida que lo distingue dentro del saturado género de zombis actual.
El resultado final de esta producción ratifica la intención de renovar el lenguaje cinematográfico sin quedar atrapado en la nostalgia de los títulos precedentes. La industria observa ahora cómo estas variaciones en grandes franquicias pueden influir en el desarrollo de futuras secuelas que busquen su propio camino creativo.
SDN Digital, solo información
