## El fantasma de 2018 que marca cada evacuación
En un refugio montado a contrarreloj en San Juan Alotenango, familias enteras duermen sobre camas prestadas mientras el volcán de Fuego escupe lava y ceniza a pocos kilómetros. La escena es, desgraciadamente, familiar: hace ocho años, una corriente piroclástica arrasó San Miguel Los Lotes en cuestión de minutos, dejando 215 víctimas fatales y otros tantos que nunca aparecieron. Esa herida sigue abierta.
Isabel Pérez, una jubilada de 69 años, no dudó cuando el coloso empezó a gruñir. Junto a Casimiro, su marido de 75, abandonó El Porvenir con lo puesto. «Con el agua y el fuego no se juega», resumió con la sabiduría de quien ya vio de cerca lo que puede pasar. Su historia se repite entre los 1.700 evacuados que desde el lunes dejaron sus hogares tras la declaración de alerta roja.
## La doble angustia: la montaña y el ladrón
Joel Vásquez, cafetero de 44, cargó a sus seis pibes y a su mujer apenas sintió la magnitud del estallido. «Ya no somos de los que se quedan», dijo, con la certeza de quien conoció vecinos que esperaron demasiado. Leydy López, de 24, enfrentó por tercera vez en doce meses la misma encrucijada, esta vez con una resignación mezclada de fe y pragmatismo.
Pero el peligro no termina en la puerta del albergue. Para muchos, la pesadilla tiene dos caras: la erupción y el saqueo. Pérez llora al pensar en sus gallinas, en lo poco que acumuló, en la certeza de que los chorros aprovechan la desgracia. Federico Vásquez, albañil de 51, estuvo a punto de quedarse por sus cosas, hasta que una explosión le devolvió el sentido común.
El Ejecutivo dispuso rondas policiales en las zonas desalojadas, una medida tardía para quienes ya perdieron todo en otras ocasiones. Entre la montaña que mata y el hombre que roba, los vecinos del Fuego atraviesan una pesadilla sin fin aparente.
Redacción SDN
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