Marruecos, el vecino que le cambió la mesa a Europa en el Mediterráneo

Ceuta no es más que la punta del iceberg. Mirar la crisis migratoria sin ver el panorama completo sería como curar el dolor de cabeza y dejar pasar la neumonía. El verdadero tema que hay que entender es cómo el reino alauí pasó de ser un actor secundario a convertirse en una pieza clave del tablero mediterráneo.

## De vecino incómodo a socio imprescindible

Hace un cuarto de siglo, Marruecos figuraba en el mapa europeo como un vecino del sur con problemas. Hoy, sin embargo, España no puede mover una ficha en el norte de África sin consultar con Rabat. La gestión de los flujos migratorios, la lucha contra el terrorismo y la tranquilidad de Ceuta y Melilla dependen en buena medida de la buena voluntad del palacio real. Bruselas lo captó hace rato: para el actual período presupuestario, la UE destinó más de 1.600 millones de euros a programas que apuntalan la estabilidad del país. La ecuación es sencilla: lo que le pase a Marruecos le importa directamente a la seguridad del Viejo Continente.

Este ascenso no cayó del cielo. Fue tejiéndose durante más de veinte años de política de Estado. Y para entenderlo hay que viajar al Sáhara Occidental, el territorio que España abandonó en 1975 y que desde entonces enfrenta a Marruecos con el Frente Polisario, respaldado por Argelia. La disputa por el liderazgo del Magreb entre Rabat y Argel sigue viva, aunque Mauritania se bajó del ring tiempo atrás. Marruecos se quedó con el grueso del territorio, lo convirtió en bandera nacional y en 2007 presentó un plan de autonomía bajo su bandera que la ONU nunca logró canalizar en un referéndum.

## La apuesta de Mohamed VI y el giro geopolítico

Desde que ocupó el trono en 1999, Mohamed VI entrelazó la política exterior con la económica. Mientras el norte de África se desangraba en primaveras que terminaron en inviernos, el reino navegó la turbulencia con reformas de maquillaje que preservaron la corona. Esa calma artificial permitió invertir en puertos, autopistas, energía limpia y fábricas de autos. Tánger Med se convirtió en uno de los puertos más movidos de la cuenca mediterránea y la industria automotriz marroquí dejó atrás a toda África.

La paradoja es que el crecimiento no se repartió. Las costas brillan mientras el interior rural arrastra pobreza, los jóvenes no encuentran laburo y la monarquía sigue teniendo la sartén por el mango en todo lo que importa. Elecciones hay, pero el rey decide en defensa, seguridad y relaciones exteriores. Las organizaciones internacionales siguen marcando falta en libertades públicas.

El verdadero quiebre llegó en diciembre de 2020, cuando Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara como parte de los Acuerdos de Abraham. Marruecos normalizó vínculos con Israel y el conflicto saharaui dejó de ser un asunto regional para meterse en la lógica de Washington, Bruselas y Jerusalén. Biden no dio marcha atrás. España, en 2022, calificó el plan de autonomía como la salida «más seria y realista». Francia fue más allá y respaldó la soberanía marroquí de manera explícita.

## La danza de Madrid entre dos fuegos

España hoy juega un juego peligroso. Necesita el gas argelino y la cooperación marroquí para no ahogarse en el Estrecho. El 20 de julio, Sánchez estuvo en Argel sellando acuerdos energéticos. Diez días después, Ceuta explotó. No hay pruebas de que Rabat haya aflojado la valvula a propósito, como sí se vio en 2021. Pero ese antecedente demostró que el control migratorio puede usarse como palanca política.

La crisis de Ceuta terminará. Lo que no se desarma tan fácil es la nueva realidad: Europa ya no mira a Marruecos desde arriba. La influencia del reino viene de haber hecho que potencias con agendas distintas encuentren en su estabilidad un interés común. Esa red de apoyos le da una potencia de negociación que no se condice con el tamaño de su PBI ni de sus fuerzas militares. El Mediterráneo occidental tiene un nuevo dueño de casa.

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