La extensión promedio de las producciones cinematográficas modernas restringe la capacidad de programación diaria en las salas, impactando la rentabilidad del sector.
La industria cinematográfica enfrenta un cambio estructural en la duración de sus producciones, con estrenos de alto perfil que superan consistentemente las dos horas de metraje. Este fenómeno contrasta con el estándar histórico de cien minutos que solía definir la media de las películas, provocando una reestructuración operativa en las cadenas de exhibición.
El incremento en la duración responde a una lógica de mercado que busca entregar una experiencia de mayor valor percibido, especialmente en el segmento de los grandes blockbusters. El consumidor parece asociar una mayor extensión con una propuesta más épica o elaborada, justificando así el precio de la entrada.
Dustin tuvo el perfecto homenaje para Eddie en el final de ‘Stranger Things’Sin embargo, esta tendencia genera una consecuencia directa e ineludible para las salas: la drástica reducción de la cantidad de sesiones que pueden programarse por día en un mismo espacio. Menos pases implican una disminución en la capacidad máxima de ingresos por taquilla, forzando a los exhibidores a priorizar la ocupación de butacas en los horarios disponibles.
La logística de los complejos se complica al tener que ajustar los tiempos de limpieza, rotación de público y proyección de trailers entre las funciones extensas. Los filmes que se acercan o superan las tres horas son particularmente desafiantes para una grilla que intenta maximizar el volumen de ventas diarias.
Esta tensión define el modelo actual de la industria, donde la ambición narrativa de los estudios choca con la estricta matemática económica de la exhibición. Mientras persista la demanda por espectáculos de larga duración, los cines continuarán reajustando sus calendarios a expensas de la frecuencia.
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