Desde 1951, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas restringe la capacidad de los ganadores de disponer comercialmente de sus premios Oscar mediante su reventa.
El trofeo de la Academia representa el máximo galardón de la industria cinematográfica, despertando un profundo interés que trasciende el reconocimiento artístico para ingresar al mercado de coleccionables. Esta tensión entre el valor simbólico y el potencial económico llevó a las autoridades de Hollywood a establecer límites claros sobre la propiedad de la estatuilla dorada.
La normativa implementada hace más de siete décadas establece que ningún ganador o sus herederos puede vender el premio a un tercero sin antes ofrecérselo a la propia Academia. Esta cláusula obliga al receptor a aceptar un precio nominal, generalmente un dólar, para garantizar que el trofeo permanezca fuera del circuito de subastas privadas.
La increíble unión entre ‘El resplandor’ y ‘Star Wars’ que viene del perfeccionismo de Stanley KubrickEl propósito central de esta regulación es preservar la integridad y el prestigio del Oscar, evitando que la pieza se convierta en un simple bien transable. Legalmente, el ganador posee el mérito y la custodia del objeto, pero no la plena disposición comercial que le permitiría obtener beneficios monetarios de su venta.
Esta restricción, sin embargo, solo aplica a los premios otorgados a partir de 1951. Las estatuillas previas a esa fecha son consideradas legalmente bienes sin limitación de reventa, lo que explica que algunos ejemplares alcanzaran cifras millonarias en subastas públicas, demostrando el elevado valor que el mercado asigna a estos símbolos históricos.
La estricta aplicación de esta regla asegura que el Oscar mantenga su estatus como un ícono inalcanzable para los coleccionistas y refuerza la política de la Academia de priorizar el valor artístico sobre la especulación financiera en torno a su principal activo.
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