La nueva reforma laboral que impulsa el Gobierno Nacional no solo modifica normas. Modifica el lenguaje, el encuadre del debate y la percepción social sobre los derechos laborales.
En términos concretos, la reforma reduce costos de despido, individualiza la negociación y traslada riesgos del empleador al trabajador. Es un cambio estructural en la relación capital-trabajo.
Sin embargo, el debate público no se plantea en esos términos.
Javier Milei sube a gobernadores radicales a un viaje a los EEUUNo se habla de reducción de indemnizaciones ni de debilitamiento sindical.
Se habla de “libertad de contratación”, “modernización” y “eliminación de privilegios”.
Ese desplazamiento semántico no es casual. Es estratégico.
Estamos frente a una ingeniería de percepción que busca que el trabajador no solo acepte la pérdida, sino que la interprete como una liberación. El conflicto deja de ser estructural y se desplaza hacia el plano emocional y cultural.
Este fenómeno —que analizo en profundidad en mi libro “La Rebelión del Ruido”— responde a un método comunicacional basado en la saturación permanente de estímulos, polémicas y marcos extremos que ocupan la agenda e impiden discutir el contenido real de las reformas.
Cuando el ruido domina, el análisis se simplifica.
Cuando cambia el lenguaje, cambia la percepción.
Y cuando cambia la percepción, cambia el resultado político.

Es momento de discutir la reforma laboral con claridad conceptual y honestidad intelectual. Lo que está en juego no es solo un texto legal, sino el modelo de relaciones laborales que queremos para la Argentina.
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Carlos González D’Alessandro



